WhatsApp, el teléfono descompuesto y el periodista familiar

11/02/2017

Teléfono roto. Teléfono descompuesto. Stille post. Chinese whispers.

 

En cada país se le llama distinto, pero parece ser un juego universal: un grupo de amigos se disponen en círculo, y el primero de ellos transmite un mensaje. Luego, de la manera más discreta posible, el mensaje va pasando de un oído a otro sin que los demás lo escuchen. El último de la serie repite la frase en voz alta, produciendo la carcajada general, porque prácticamente nunca se consigue reflejar el contenido original.

 

Para quien nunca haya jugado, vaya un ejemplo que se puede encontrar en Internet. El primero dice: El bosque en primavera está lleno de flores de todos los colores, de plantas de muchos tipos y de animales diferentes; la gente se pasea a disfrutar del paisaje. Luego, a medida que avanza de persona a persona, el mensaje se va transformando: “El bosque en primavera está lleno de flores de todos los olores, de panes de muchos tipos y de bestias diferentes; la gente se arrastra a mirar el paisaje”. Poco a poco, la deformación se va haciendo más grande: El bosque en primavera está lleno de vestidos de todos los olores, de panes de muchos colores y de bestias diferentes; la gente se acerca a mirar los pingüinos”. Al final, el resultado es para morir de risa: “El bosque en primavera está lleno de pestes de todos los olores, de mares de muchos colores y de bestias diferentes; la gente se acerca a mirar los mininos”. 

 

Pues bien, resulta que el teléfono roto ha encontrado una nueva sede: los chats familiares de WhatsApp. Fulanita se casa: foto con el vestido de novia para el grupo de primas, incluso antes de que su novio la vea. Fulanito ganó una beca: mensaje con la noticia para el grupo de cuñados antes de que su madre lo sepa. El tío Pepe da un discurso en el brindis de fin de año (evidentemente, pensando en el público que está ahí presente): grabación en MP3 y archivo adjunto en el grupo de vecinos, porque a lo mejor les puede interesar.

 

¿Cuántas veces, con la mejor intención del mundo, se ha transmitido por esta vía una noticia –positiva o no tanto- que no tenía por qué salir de un círculo cerrado? ¿Quién no se sentiría decepcionado por enterarse de que su hermana está embarazada gracias a un mensaje de una prima segunda que vive en otro país? ¿A quién no le molestaría saber que su nieto se va a casar gracias al chat de un vecino?

 

Los anteriores son ejemplos que podrían parecer absurdos, pero como tantas veces pasa, la realidad supera la ficción. Ahora mismo, con la proliferación de los grupos de Whatsapp, se ha hecho manifiesta la tentación que tenemos todos de ser transmisores de primicias, de novedades, de datos que pensamos que pueden tener impacto, y nos entra el afán de contárselo a “todo aquel que pueda estar interesado”. El problema es que, como pasa con el juego citado al inicio (en el que, de hecho, la única regla es que no se puede cambiar el mensaje intencionalmente), por muy buena intención que se tenga, se puede comenzar a hacer parte de una cadena de desinformación en algunos casos alarmante.

 

Hay cosas que los padres sólo le cuentan a sus hijos. Hay otras que sólo le cuentan a sus hijos mayores. E incluso, hay algunas que sólo le cuentan a los que viven en casa y no a los que están lejos. Y hay otras tantas que se le pueden contar a primos, nietos, sobrinos, vecinos y amigos. Es tan evidente, que incluso parece banal decirlo. De hecho, WhatsApp mismo lo refleja: por eso es tan típico tener por separado el grupo “hermanos”, el grupo “primos”, el grupo “cuñadas”, etcétera.

 

El problema potencial es que, haciendo parte de tantos grupos, uno puede llegar a confundir los círculos familiares, y pensar que lo que corresponde al grupo “hermanos” también podría ser de interés en el grupo “cuñadas de los primos de los amigos”. Y como el gusanillo de ser el dueño de la primicia siempre está presente, a veces perdemos el sentido de dónde decimos aquello que decimos.

 

En general, todos preferimos enterarnos de las noticias que nos atañen muy directamente por boca de los protagonistas. Y todos preferimos enterarnos de las cosas que nos importan antes de que se enteren aquellos que no tienen nada que ver, o por lo menos mucho menos que ver. Esa parte de la magia que tienen las sucesos cotidianos –pertenecientes muchas veces a ese tesoro que es la intimidad familiar-, es la que nos robamos mutuamente por querer contarlos incluso antes de vivirlos.

 

WhatsApp tiene miles de elementos positivos y es, por supuesto, una gran ayuda para mantener unida y en contacto a toda la familia. Son tantas cosas buenas, que harían falta varios artículos enteros para describirlas. De todas formas, no deja de ser importante poner de manifiesto algunos riesgos, como éste de ir minando poco a poco el sentido del pudor familiar. Redescubrir el cuándo, el dónde y el a quién contar nuestras vivencias puede ser un pequeño paso para disfrutar mucho más la vida entre los nuestros.

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