Experiencias sobre el consumo de pornografía

26/02/2018

En Interaxion llevamos cinco años facilitando recursos a padres y profesores para ayudarles a educar en el uso de las tecnologías. En la actualidad, cerca de 15.000 personas se han beneficiado de nuestros cursos online, y hemos visitado colegios y universidades en países como Italia, España, Colombia, México, Estados Unidos, Guatemala o El Salvador. Son ya varias decenas de encuentros con profesionales de la educación (en primer lugar, padres y madres de familia) en los que fácilmente se genera un diálogo sobre los desafíos que encuentran para ayudar a los hijos a hacer un uso saludable de los dispositivos.

Desde que comenzamos el proyecto, hemos querido prestar atención al consumo de pornografía en Internet. Aunque no de forma exclusiva, desde el principio hemos percibido interés entre los educadores por afrontar este problema -así lo muestran también los estudios-, y hemos procurado informar sobre el modo en que este tipo de contenidos afecta al comportamiento, qué dimensiones caracterizan la industria y cómo se puede ayudar a los jóvenes a rechazar un material que acaba reclamándoles un precio muy superior a la satisfacción que les ofrece.

No existen por el momento estudios concluyentes sobre el consumo de pornografía entre los adolescentes, aunque las principales distribuidoras de la industria no dudan en jactarse de sus resultados. Para hacerse una idea, solo en pornhub se registraron 28.500 millones de visitas en 2017 (unas 800 por segundo), y ese año se colgaron 4 millones de videos nuevos (68 años de visionado). La estadística resulta más concreta si se tiene en cuenta que el 75% de estas visitas se realiza con el teléfono móvil, del que solo dispone un séptimo de la población mundial.

A pesar de lo llamativo de estos números, basta la experiencia para darse cuenta de que consumir pornografía no es lo mismo que ser adicto. Con razón se ha dicho que una falsa alarma social sobre la adicción a la pornografía entre los adolescentes no sería beneficiosa para nadie, y que es conveniente afrontar el problema desde una perspectiva amplia y positiva. Al mismo tiempo, es un hecho que, cuando los niños y niñas empiezan a tener un móvil propio (en los países desarrollados, tres de cada cuatro lo tiene a los doce años), el problema se presenta con rapidez. La pornografía está muy disponible y se muestra enormemente atractiva para los más jóvenes. Desde la experiencia de Interaxion, todavía reducida, podemos decir que los educadores manifiestan con frecuencia esta preocupación.

La pornografía abunda en Internet, e Internet está en nuestros bolsillos. También en los de nuestros hijos, si disponen de un teléfono inteligente. Caer en la cuenta de este hecho es el primer paso para afrontar un problema que puede resolverse con éxito si no dejamos que nos espante. No es sorprendente que un chico de 11 o 12 años encuentre dificultad para resistir al impulso de la pornografía, como tampoco lo es que acepte la ayuda de sus mayores si se sabe comprendido. Un apoyo fuerte puede entonces resultar decisivo para ayudarle a descubrir la belleza de una sexualidad profundamente humana.

 

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