Conocer la contraseña de los hijos: ¿Vigilancia o protección?

07/03/2016

La puerta cerrada es tolerable. Tener que tocar la puerta antes de entrar es comprensible. No poder entrar de ninguna manera es inadmisible.

Con esa imagen describe la cuestión Janell Burley Hofmann, la periodista estadounidense que saltó a la fama gracias al contrato que hizo firmar a su hijo antes de regalarle un iPhone. Según ella, el debate sobre la privacidad a la que tienen derecho los hijos con sus teléfonos y dispositivos debe ser visto en relación a otras situaciones de la vida ordinaria, como puede serlo la costumbre de tener siempre cerrada la puerta del cuarto. Los adolescentes suelen encerrarse en su habitación para conseguir la intimidad y autosuficiencia que anhelan, pero esto no quiere decir que los padres tengan que quedarse por fuera siempre y en cualquier circunstancia.

La postura de Hofmann y de los que concuerdan con ella ha sido criticada por algunos por ser “demasiado invasiva”. En concreto, muchos jóvenes pueden sentirse controlados de manera excesiva. El problema, como en tantos otros campos de la educación, es encontrar el equilibrio entre vigilancia y libertad.

Pero en este caso puntual, un detalle que puede orientar a los padres es que también la justicia de algunos países ha dejado claro que la prioridad es la protección de los niños y adolescentes, y una manera de hacerlo es conocer sus contraseñas para estar enterados de las personas que contactan. Por ejemplo, el Tribunal Supremo de España y la Corte Suprema de Justicia de Colombia han emitido sentencias favorables respecto a la licitud de que los padres tengan acceso a las cuentas de correo y redes sociales de sus hijos, sin que esto signifique una violación de su intimidad.

La necesidad de proteger está clara. Pero entonces, ¿dónde comienza la frontera de la excesiva intromisión? A este respecto, muy iluminantes resultan las sugerencias de Gustavo Marosa, subdirector General de Lucha contra el crimen organizado de la Interpol: conocer la contraseña sirve sobre todo para saber con quiénes están entrando en contacto los hijos, para asegurarse de que no interactúen con desconocidos. Pero una buena norma de conducta es no “espiar” las cuentas en su ausencia, y como dice la misma Janell Burley Hofmann, no dar lugar a la curiosidad malsana. Una vez que está claro que las conversaciones se dan con gente cercana, no es necesario leer todos los mensajes ni hurgar en los “chats” que no pasan de lo banal. 

Como es evidente, cada familia debe ser la que encuentre, a través del diálogo, el mejor modo de orientar el uso que le dan los más jóvenes a sus cuentas en las redes sociales. La educación en virtudes como camino para usar bien la libertad será siempre la guía más segura. Al final, la contraseña terminará siendo simplemente un dato más de los muchos que compartirán los hijos con sus padres si se han construido puentes que den lugar a la confianza.

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